La espiral

Un punto imperceptible marca el inicio.

Dicho punto no se queda solo

y la adición de puntos contiguos uno a otro

que parecen salir de él

forman una línea curva re-flexiva

que a fuerza de sucesivas adiciones…

parece retornar a su origen.

 

Pero no lo roza;

se distrae de esa direccionalidad aparente

y la curva continúa su curso

disminuyendo progresivamente,

bajo un criterio de proporcionalidad,

el ángulo de la tangente de cada uno de los puntos;

por lo que cada círculo sucesivo

adquiere decididamente mayor longitud que el precedente

-tanto más, cuanto la línea continúa-…

 

Cada uno de los puntos se genera por una doble causa;

dos energías simultáneas:

una fuerza centrífuga que jala cada “nuevo punto” al “punto origen”,

y otra centrípeta que parece querer atraer éste hacia sí.

Entrambas se mantiene estético equilibrio:

unidad de Apolo -punto origen- y la curva -Dionisos-.

 

Cada vuelta contiene una serie de puntos,

cada una de cuyas tangentes es idéntica

a una de los puntos de las otras vueltas…

por lo que cada punto de cada vuelta sucesiva

es prefigurado en algún punto de cada una

de las vueltas infereriores…

mientras que cada uno de éstos es salvado

en cada uno de aquellos.

 

La dinámica de los momentos es una dialéctica:

cada último punto es un nuevo inicio erigido

expresión de la trayectoria toda;

desde donde emerge un nuevo punto,

antitésis del punto en cuestión;

y la dinámica emprendida por ellos deriva

en otro que sintetiza la fuerza de entreambos…

erigiéndose expresión de la curva entera.

 

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