Disminuidos

Algo tienen esos pobrecillos que me hace llorar, libertad.

Me llenan de ternura y penetrante melancolía…

como si fueran mi propia carne.

 

Me duelen los pobres de las calles que duermen en las calles

entre el asfalto sucio y frío y el cobijo de un diario también sucio;

el asfalto testigo de transeúntes que pasaron sin percibirlos

-a ellos, los sucios-.

El periódico sucio, percudido de amarillo,

de noticias sucias e inconvenientes,

trágicas pero no más trágicas que su propia vida,

sucias pero no tanto como su día.

 

A fuerza de andar tanto por las calles,

en su existir todos los días;

a fuerza de conocer sólo esa frialdad sucia;

a fuerza de no tener nombre

ni quien les hable

ni a quien les importe…

viven como abstraídos.

De todo, abstraídos.

Abstraídos de las noticias sucias,

de la buena comida, abstraídos;

abstraídos de civilización y amigos,

del registro civil, abstraídos;

de la verdad, abstraídos,

de la escuela, de sí mismos,

del capitalismo, de Dios y de la iglesia,

abstraídos.

 

Viven como abstraídos, lamiendo el piso;

juntando basura, abstraídos.

Abstraídos del transeúnte tanto

como el transeúnte pasa de ellos abstraído.

De la justicia tanto

como de su exigencia, abstraídos.

 

Abstraídos de ti, oh libertad,

viven como animalitos.

Animalitos de un instinto que parece abstraído;

pobrecillo instinto disminuido…

que no se opone al frío

-del piso-

ni a los gusanos

-de la comida-

ni al hedor de sus cuerpecillos.

 

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