¿Por qué ‘homeschool’?

 

En primer lugar creo importante intentar una medida justa, no me gustaría figurar como apologeta del homeschool; y para ello es necesario valorar lo mejor posible las experiencias de homeschool pero cuidándonos de no absolutizarlas.

Me explico: es muy fácil que tendamos a defender las buenas ideas, vivencias, facciones, comunidades que hemos encontrado cuando éstas se oponen de algún modo a otras. Entre los padres homeschoolers no pasa de modo diferente: tenemos experiencias tan positivas que nos enfrentamos a la tentación de absolutizarlas y compararlas con las peores experiencias escolares -que se toman como prototipo de la vida escolar-. Hace tres años fui invitado a compartir una plática con padres homeschoolers en México y percibí dicha tendencia en algunos: una reacción de no aceptación cuando hice una serie de enunciados invitando a “no suponer” que lo que estamos haciendo con la desescolarización está bien por sí mismo sino, por el contrario, a la necesidad de evaluarnos y cuestionarnos. Se trata de una reacción hasta cierto punto normal, pues muchas familias han elegido homeschool por cuestiones circunstanciales en crisis y después han visto que es bueno; no es extraño por tanto que se contrapongan la experiencia positiva de educar en casa con la experiencia negativa anterior de vida escolar, que en cierta forma la ha motivado. Con todo, a ese tipo de posturas, estoy seguro, les falta profundización.

 

Así pues, me gustaría asentar una premisa: en términos generales homeschool es algo bueno, más todavía, algo muy bueno; pero no por sí mismo ni en todos los aspectos ni en todos los casos. Si tuviera que andar dando consejos, hay familias a quienes sugeriría hacerlo, hay otras que lo hacen a quienes les diría mejor regresar a la escuela y hay otras a las que ni se me ocurriría proponer nada, de tan bien que funcionan. El elemento clave, creo, por el que homeschool da los mejores resultados, no es por ser homeschool, sino porque entraña un serio compromiso de los padres en la educación de los hijos.

 

El punto es este: 1) que si uno como padre se compromete, se da cuenta de cosas que los hijos necesitan y los procesos en que se encuentran; dándose cuenta, puede pensar en los mejores caminos o alternativas; pensándolas, puede llevarlas a cabo y aun cuando no sean las mejores formas, obtendrán seguramente mejores resultados que la “no intervención”; entonces, es cuestión de tomar en serio a la educación en sus aspectos particulares y conscientemente. Y, por otro lado, 2) la experiencia de los hijos en la vida de homeschool es la de sentirse acompañados, con lo que todo cambia en su desempeño, autoestima y desarrollo de la personalidad. Yo concedo más importancia a estos dos aspectos que a los métodos específicos que cada familia pueda adoptar y desde luego al hecho mismo de la desescolarización.

 

 

La experiencia que nos llevó a hacer homeschool

1.

En el año en que nuestra hija mayor estaba por terminar Jardín de Niños, en febrero, como hace todo mundo en México, nos apresuramos a la pre-inscripción. No estaba aún en el horizonte la posibilidad de hacernos cargo nosotros mismos de la educación formal. No teníamos ningún motivo para hacerlo y siendo que se trata del camino “normal”, no empieza uno por pensar en otras opciones.

 

Por esos meses, dos o tres veces no fue recibida en su kinder por causa de una infección –seguramente en la garganta, no recuerdo-; por lo que se quedó conmigo. En esos tiempos, una de las actividades a que más tiempo dedicaba era hacer escultura; tengo el taller en casa, en el sótano, lugar en que me acompañó Raquel esos días.

 

Quienes tengan un taller podrán entender bien lo que digo: es un lugar magnífico en que no es raro que la cabeza se pegue al corazón y las manos. Es un lugar lleno de historia porque se puede encontrar en él los signos de la civilización (desde las herramientas manuales hasta las eléctricas); en estos lugares, las herramientas más nuevas no son las más bellas, sino aquellas a las que se les nota el uso, a las que se les ha sacado filo y están ya hechas –como dice una bella expresión de Peguy- a las manos de quien las trabaja; un lugar que llama a las manos a no quedarse quietas… Y, en fin, es un lugar que a los niños les fascina; siempre que pueden ir, van e inventan. Bajar al sótano-taller es, pues, una gran alegría. Así bajó mi hija aquel día.

 

Comencé a tallar un viejo leño cuando Raquel me dijo: “papá, ¿podemos hacer unas Damas chinas (un juego de mesa que se juega con canicas). Me gustó la idea y paré en mi quehacer para acompañarla… ya tendría yo tiempo para terminar mi escultura. He aquí el proceso:

 

  1. Buscamos la tabla, un trozo de triplay grueso (1/2 pulgada) y buscamos el centro con el metro. Esa fue la primera vez que Raquel lo utilizó para algo real, aunque ya había jugado muchas veces con él. Ayudada por mí -pues aún estaba en kinder- localizó el centro del trozo de triplay.
  2. Tomamos una pequeña tablita, delgada y angosta pero tan larga como la mitad del lado más corto de la tabla que habíamos elegido para hacer nuestra obra. En un extremo de esa tablita coloqué un clavo y en el otro perforé para que entrara la punta del lápiz: he aquí nuestro compás con el que trazamos nuestro círculo.
  3. Tomamos el mismo compás, con la misma medida de radio y cortamos la circunferencia en seis partes iguales. Unimos cada uno de esos seis puntos con otros dos, saltando el punto contiguo, con lo que formamos dos triángulos equiláteros.
  4. Después hice el cálculo de los trazos que tendría que tener cada punto a perforar para que entraran allí las canicas y le di la medida a Raquel, quien hizo las marcas (como es de imaginar, no muy precisas).
  5. Finalmente trazamos las líneas y perforamos los puntos.

 

Me di cuenta cómo sin haberlo planeado habíamos hecho una actividad realmente didáctica y quise verificar qué había ella aprendido: qué es un círculo, qué una circunferencia, qué el radio y qué el diámetro, un hexágono y cómo hacerlo, qué es un triángulo equilátero y una forma de trazarlo. Todo eso en medio día.

 

Cuando le hice ver todo lo que habíamos hecho juntos y cómo eran importantes y fascinantes las matemáticas, ella exclamó emocionada: “papá, ¡me gustan mucho las matemáticas!”.

 

La experiencia para ella había sido muy buena; pero lo había sido igual para mí: verla aprender, emocionarse y preguntar… Era algo que no quería perderme.

 

2.

En un encuentro que tuvimos al que asistieron unos amigos de Querétaro, nos dimos cuenta por su experiencia que homeschool era una opción. Hasta antes de saber de ellos, no nos había pasado por la cabeza; pero una vez que escuchamos su testimonio, no tardamos mi esposa y yo ni 20 minutos en decidirlo para nuestros hijos, pues teníamos experiencias que validaban por anticipado su viabilidad.

 

Así fue que iniciamos. En nuestro caso, no por alguna experiencia negativa o alguna postura de confrontación en torno a la escuela. Gran parte de mi actividad profesional la realizo de hecho en escuelas y les tengo un profundo respeto a los maestros y las instituciones. Bien es cierto que se pueden hacer muchas críticas al sistema, los sindicatos, la metodología, los vicios, el formalismo… todo esto lo sé de cierto y de cerca; pero, aun así y frente al creciente escepticismo de cara a la escuela, yo sigo reconociendo el ella un lugar con todas las posibilidades para educar.

 

La opción por el homeschool en nuestro caso ha partido de una serie de experiencias y el deseo de continuarlas y no por una confrontación. Después de dicha opción, hubimos de vérnoslas con las formas precisas, los tiempos, la organización, el método y las prioridades…

 

 

Una experiencia que me hace crecer

 

Una experiencia inicial y razones pasadas no bastan para seguir haciendo homeschool, se necesita poder verificar día con día, evaluar constantemente si es una dinámica que ayuda a los hijos, a los padres, y a la vida familiar en su conjunto.

 

Personalmente me interesa siempre poner mucha atención a la experiencia que vivo. El hecho de que con los hijos funcione bien la cosa y que también ayude a la dinámica familiar, puede constituir ya la justificación para seguir en este camino; pero no sería justo que saltara lo que yo mismo vivo –yo lo digo por mí, mi esposa lo dirá por ella-. El educador no es uno que está fuera del acontecimiento educativo, sino dentro. No enseña sólo lo que ya ha adquirido o ganado, es menester que lo vuelva a conquistar constantemente; no es sólo un funcionario que debe rendir cuentas, es uno que vive y o se alimenta de lo que hace o se desnutre.

 

En un acto de sinceridad, debo decir que homeschool me desgasta mucho; un poco en broma, un poco en serio, siempre digo que los gritos y el ajetreo de los niños me cansa mucho. Es verdad, es muy verdad. También es cierto que me frena profesionalmente bajo ciertos aspectos, pues siempre debo buscar “adecuar” -hasta donde me es posible- mis actividades laborales a las exigencias de hacer escuela en casa. ¿Por qué, pues, comprometerme a este cansancio e inconvenientes de todos los días? Porque obtengo también yo un beneficio. Mis hijos son una bendición, me rescatan constantemente, me ponen atento, me obligan a entender más, a buscar respuestas, a no ignorar las preguntas que surgen. En definitiva, me ayudan a ser mejor padre y mejor persona. Con la experiencia de homeschool, el primero que se educa soy yo. Educando, me educo.

 

 

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