Espiral

 

La vida transcurre no linealmente: no es el simple acaecer definido por la causa y efecto, ni una medida cronológica. 
Tampoco es como un círculo que inevitablemente conduce a un mismo punto (eterno retorno). No somos llevados de forma inevitable, ya sea trágica o amorosamente, a nuestro ‘destino’. 
La vida es como una espiral en la que cada punto no se desprende, en ningún momento, de los puntos que le anteceden ni de los que le sucederán. Cada vuelta es muy similar a la anterior, pero es siempre nueva. Simultáneamente, a partir de cada momento se comprenden mejor los otros, se ve mejor su reflejo en el presente; y son anuncio, petición, de ‘lo-por-venir’. Desde el nacimiento hasta la muerte (y más allá de la muerte), la vida transcurre como unidad y cambio. 
La espiral de la vida es como “El Bolero de Ravel”: una aparición tenue, casi imperceptible, de la que es menester, para escucharla, guardar silencio. Luego se va haciendo más perceptible: una vuelta, luego otra, una más… después, cada momento anuncia el movimiento siguiente, pero cada vuelta es nueva siempre. No hay rutina. Hay bella unidad. Cada círculo es mayor que el anterior, igual y distinto y no se consume a sí mismo, siempre permanece en lo nuevo que llega. Después de nueve minutos de vueltas y vueltas, ya no se escucha más cosa que esa espiral musical, el volumen ha subido. Los instrumentos han aparecido ya todos, los tambores acompañan el pulso del corazón que no se puede ya contener. Pero el ascenso continúa hasta que ya en el final aparecen también los discos: ya no cabe, la espiral está explotando. Es la muerte, la hermana muerte que no consume sino cumple la vida.