Unidad teórico-práctica

 

 

En mi experiencia de trabajo con docentes, me he percatado de una especie de antagonismo entre teoría y práctica.

 

«No es fácil conseguir la correspondencia teoría-práctica. Es siempre un problema qué aspecto privilegiar; parece que cuando predomina la profundización teórica viene a menos la aplicación o comparación de conceptos cada vez más abstractos con su “aplicabilidad”; por el contrario, el énfasis práctico deviene ordinariamente en fórmulas y técnicas cuyos fundamentos e implicaciones son cada vez más oscuros y resistentes o hasta impermeables a la crítica.

 

En teorías educativas, pedagogía y didáctica, podemos decir que tal conflicto se agudiza porque, por naturaleza, la educación está entre estos dos polos de teoría y arte, lo investigativo y lo artesanal, el contenido considerado en sí mismo y la persona a quien se pretende comunicar.

 

Por lo común, ante esta disyuntiva, las teoría educativas se ocupan de presentar el problema, profundizar un tanto sobre elementos teóricos, para finalmente derivar en una serie de prácticas a modo de seguimiento metodológico. Todo lo cual no es incorrecto, pero entran de este modo en una especie de estatus irreflexivo, adornado por clichés de verdades de las que sólo “los fundadores” conocen realmente los alcances. Quizás exagero, pero he visto cómo a los maestros de aula les vienen más interesantes todos aquellos cursos que “les enseñen” los pasos de algún método; mientras que a los investigadores, en sus escritorios, les fascinan las abstracciones y las teorías a las que, para no ensuciarlas, hay que tratarlas con toda seriedad, en una especie de “topus uranus” de la educación.»

 

 

¿Es posible encontrar en la práctica educativa un sano equilibrio entre teoría y práctica?

 

«¿Cómo hacerlo sin restarle profundidad a los elementos de comprensión ni quedarnos en la abstracción? ¿Cómo se vence la dicotomía entre teoría y práctica? Planteado de otra forma: ¿hasta dónde es cierto que la teoría coadyuva a la solución de problemas reales?, ¿hasta qué punto es verdad que la realidad enriquece la teoría? Los tipos de respuestas a estas interrogantes forman un gran abanico de posiciones, desde un férreo antagonismo -la defensa de un purismo conceptual o de un pragmatismo vacío-, hasta posturas más o menos conciliadoras de un “término medio”. Pero el antagonismo tiene el problema de que elimina, minusvalora una parte y crea un inevitable sesgo; la práctica sola se convierte en irreflexiva y por tanto dura y cerrada y, en ese sentido, anida una honda incapacidad de desarrollarse; y la teoría sola se hace caprichosa, escéptica y hasta nihilista, porque no logra explicar desde su aislamiento cómo puede existir lo que existe, cómo puede darse lo que se da -en la práctica- y, entonces, termina negándolo. Y por otro lado, el “término medio” de lo teórico y lo práctico no existe, será siempre artificial o incompleto porque tanto “lo teórico” como “lo práctico” reclamarán siempre un desarrollo ulterior. »

 

 

En educación, el equilibrio es dinamismo, no medida

 

«¿Qué es más importante, saber hacer o saber por qué funciona lo que se hace? Entonces, ¿quién es más importante, el albañil o el ingeniero? Quitémonos de asuntos de estatus, parece inevitable reconocer la importancia de cada uno para la eficiente construcción del edificio; ocurre, sin embargo, que más se enfatiza en las distancias, más incapaces se hacen los ingenieros de operar y los albañiles de pensar. Podemos traspolar el ejemplo a la distancia entre pedagogos y maestros de aula: los unos dicen: “así se debe hacer, eso no está bien hecho porque…”, los otros: “en la realidad, en mi contexto, no se puede; escribirlo es fácil, pero en la realidad se tiene uno que atener a lo que va ocurriendo”. (…) Volvamos al ejemplo del ingeniero y el albañil: no obstante que cada quien tiene su ámbito y función propias, la labor del ingeniero crece en eficiencia cuando también sabe operar, aunque pegar ladrillos no sea su función; y la labor del albañil crece igualmente cuando conoce las razones e interpreta correctamente los planos, aunque no sea su función crearlos.

 

(…) En el ámbito educativo, ambos son imprescindibles e igualmente importantes. Ahora bien, ¿cómo se consigue el equilibrio? Espontáneamente pensamos: “aquí tengo lo teórico y acá lo práctico, voy a ponerme entre los dos para encontrar el equilibrio”: hacemos una interpretación de lo que tendría que ser el equilibrio partiendo de la experiencia de equilibrio que nos ha dado la física. En física, si tenemos de cada lado de la balanza elementos distintos y en desequilibrio, buscar el punto de equilibrio será quitar a uno o poner a otro hasta que el el nivel de la balanza nos diga que pesan lo mismo. Traer esta analogía hasta la labor docente implicará restar atención a lo práctico para alimentar lo teórico o apresurar lo práctico mientras lo teórico permanece inmóvil. Es absurdo y ficticio porque lo teórico y lo práctico conviven en el individuo, no son entidades aparte. A la pregunta de cómo conseguir el equilibrio, si éste se entiende a imagen del equilibrio físico, la respuesta es esta: no hay equilibrio, el equilibrio como medida sería lentitud y estancamiento. Tenemos que hacer trasfigurarse la noción de equilibrio con que cargamos: el equilibrio consistiría en hacer crecer a ambos.»

 

 

 

 

Fragmentos tomados de:

Hugo León, La metodología de la pregunta. Una propuesta de método para las juntas técnicas escolares y la planeación didáctica, AVSI, México, 2016. Publicación que se inserta en el proyecto Emergencia educativa en México: formación de los educadores.

 

 

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