Ser maestro: una herencia

Por causa del azar puede alguien dedicarse a la docencia, pero ser maestro por vocación remite siempre a la historia. En la mía, esto es claro: fue la inspiración de Bruno Gelati que me hizo desear serlo.

 

El encuentro

Acababa de llegar a ciudad de México, proveniente de Chihuahua. Había estudiado uno año filosofía y esperaba su revalidación para comenzar el segundo en la Universidad Intercontinental. Llegué y me entrevisté con el director de la Escuela de Filosofía, Dr. Bruno Gelati, un italiano calvo, con lentes, personalidad de tono intelectual y buena presencia.

El siguiente encuentro fue a unos pocos días. Me saludó con un “come stai?” y apenas recibir mi respuesta me manifestó su resolución: “no te voy a revalidar nada porque, si lo hiciera, te perderías mi clase”. Mi enfado fue absoluto e inmediato. Salí haciendo un berrinche, pero ya estaba allí, así que asumí la injusta decisión y me dirigí en una semana al primer día de clase de ese primer año que cursaría nuevamente. La primera clase -es lo que recuerdo- fue la de Bruno. Nos dio un librito que él había diseñado y escrito para esa asignatura: “Introducción a la Filosofía”, del Dr. Bruno Gelati. El librito comenzaba con una frase de San Lorenzo ermitaño:

 

“Se me dijo que todo debe acogerse son palabras y meditarlo en el silencio.

Entonces me percaté de que, quizás, habría que pasar toda mi existencia para percatarme de lo que me había acaecido.

Y tu recuerdo me embarga de silencio”

 

Muy pronto me di cuenta que esa frase era la expresión más acabada de la postura de ese nuevo profesor. Sus clases eran como un grito de “algo que le había acaecido” y la filosofía se había convertido para él en la forma de hacer ese silencioso grito. Terminada esta primera clase, yo ya tenía una convicción: “esta clase vale todo un año”, es decir que por esa sola clase valía la pena repetir el año. Jamás cambié de opinión, ciertamente lo valió.

 

El seguimiento

¿Qué era este profesor?, ¿de dónde había salido? Me daba la impresión de estar ante una personalidad absolutamente distinta a cuantas había conocido, como salido de otro mundo. Bruno se convirtió muy pronto para mí en un referente. Un tipo serio e intenso. Era frecuente verle enrojecer su rostro por emoción, pudor o enojo; combinar los contenidos filosóficos con poemas, anécdotas, derecho, experiencias, finos ejemplos, historia, arte, poesía…; como si nada quedara fuera, inserto en la más profunda seriedad filosófica. La filosofía estaba dentro de la vida y la vida se expresaba en las más acuciantes preguntas filosóficas. Por él, la filosofía tomó nuevo rostro para mí y comencé a amarla.

En poco tiempo Bruno dejó de ser sólo un profesor y se convirtió para mí en un maestro; alguien a quien tenía que seguir. Le pedí ser mi asesor en un trabajo llamado “Universa filosófica”, destinado a los alumnos de segundo año, y entonces la relación con Bruno maestro trocó en amistad. Entendí -y vengo entendiendo con el tiempo- que la relación que más ayuda a crecer es la de los verdaderos amigos.

Hay una expresión de Luigi Giussani que por sí sola puede sonar un tanto ambigua o romántica, pero que se entiende perfectamente en la experiencia: “la autoridad es mi ‘yo’ más verdadero”. El concepto “autoridad” a que se refiere Giussani, viene directamente de la auctoritas, aquello que ayuda a crecer. Seguir a alguien que me ayuda a crecer es en el fondo como seguirme a mí mismo, descubrir cosas de mí, un valor en mí que no conocía. Auctoritas, así, es un concepto lleno de afecto.

 

La docencia

La experiencia junto a Bruno me movió a desear repetirla. Cuando regresé a Chihuahua, en 2001, lo primero que hice fue buscar ser profesor, cosa que no he dejado hasta la fecha. Por causa del azar puede alguien dedicarse a la docencia, pero ser maestro por vocación remite siempre a la historia. En la mía, esto es claro: fue la inspiración de Bruno Gelati que me hizo desear serlo.

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